Hola, sobrinos. Antes de que se ofendan y cierren esta pestaña, respóndanse con honestidad brutal: ¿cuántas veces han revisado el celular hoy? ¿Cinco, diez, veinte… o ya perdieron la cuenta? Si lo primero que hacen al despertar es buscar el teléfono antes que las pantuflas, tenemos que hablar. Porque la pregunta no es si usamos tecnología, sino si la usamos… o nos usa a nosotros.

Vivimos conectados, y no solo al Wi-Fi. Estamos conectados a notificaciones, mensajes, correos, redes sociales, reuniones virtuales, series, compras en línea y hasta al refrigerador inteligente que avisa que se acabó la leche. El celular dejó de ser teléfono: ahora es reloj, banco, oficina, entretenimiento, mapa y terapeuta emocional de emergencia. La tecnología fue creada para facilitarnos la vida —y muchas veces lo logra—, pero el problema empieza cuando pasamos de usar herramientas a depender emocionalmente de ellas.

Ser “adictos” no requiere manual clínico: basta con sentir ansiedad sin señal, revisar notificaciones de forma compulsiva, no poder concentrarse sin mirar el teléfono o dormir con él al lado. Y no hablamos solo de redes sociales, también del trabajo. La hiperconectividad nos hizo productivos… pero también disponibles 24/7, y eso pasa factura.

No podemos decir “apaga todo y vete al campo”, porque el campo también tiene señal y la tecnología mueve la economía actual. Empresas dependen de redes, servidores, sistemas en la nube, IoT y automatización. Sin tecnología, el mundo moderno se frena. El problema no es la tecnología en sí, sino la relación que tenemos con ella. Es como el café: en la dosis correcta activa; en exceso no deja dormir.

Las redes sociales son el buffet infinito. Scroll interminable, videos cortos, algoritmos que te conocen mejor que tu ex. Cada notificación dispara dopamina y mantiene tu atención. Si entraste a ver “un video rápido” y saliste 40 minutos después, sabes de qué hablamos. En el trabajo ocurre algo parecido: herramientas pensadas para ser eficientes pueden generar estrés digital, sobrecarga informativa y falta de desconexión real. Cuando la tecnología está bien implementada reduce fricción; cuando está mal organizada, la multiplica.

Entonces, ¿somos adictos o adaptados? Un poco de ambos. Somos una generación que creció con internet como electricidad. No es malo, pero estamos aprendiendo que conexión constante no es equilibrio. La tecnología no es el enemigo; la falta de límites sí puede serlo. El poder está en decidir cuándo conectarnos.

Y tampoco todo es drama. Gracias a la tecnología trabajamos remoto, accedemos a educación global, optimizamos procesos, implementamos IoT, salvamos vidas con sistemas médicos conectados. No nos hizo menos humanos; nos dio más herramientas. El reto es usarla con intención, no por reflejo.

Hoy necesitamos más que alfabetización digital: madurez digital. Saber cuándo responder, cuándo desconectar, cuándo automatizar y cuándo simplificar. En empresas esto es vital: infraestructura sólida, sistemas integrados y procesos claros reducen estrés y mejoran productividad. No se trata de tener más tecnología, sino la tecnología correcta.

En conclusión, sí, tal vez somos un poco adictos. Pero también somos la generación que puede aprender a usar la tecnología mejor que nunca. No va a desaparecer; vendrá más rápida e integrada. La verdadera pregunta no es si estamos conectados, sino si estamos conectados con propósito. Porque cuando la tecnología se gestiona bien, deja de ser distracción y se vuelve ventaja competitiva. Y eso, sobrinos, cambia todo.